Internacional

considerada una figura inamovible de un mundo en permanentes cambios

21 Apr, 2026 5 visitas Por CC

Al morir el 8 de septiembre de 2022, a los 96 años, la reina británica se llevó consigo el último hilo que nos unía al siglo XX. Su vida no fue solo una cronología de hechos y eventos, sino un ejercicio de estoicismo que mantuvo a flote una institución que, sobre el papel, padecía todos los signos de caducidad.  Su poder -coinciden sus biográfos- no residió en decretos ni imposiciones, sino en la constancia y en la prudencia que sostuvo la monarquía británica mientras el mundo se desmoronaba y se reconstruía varias veces. Desde la Europa de la posguerra hasta la revolución digital, Isabel II permaneció como el único punto inamovible de un mundo en permanentes cambios. Isabel Alejandra María Windsor nació en Londres, hace cien años, el 21 de abril de 1926 y, aunque no estaba destinada a ser reina, la abdicación de su tío Eduardo VIII por amor a Wallis Simpson y la pronta muerte de su padre, Jorge VI, la llevaron al trono en 1952, con solo 25 años. Aprendió a ser reina a marchas forzadas y esa transición marcó el tono de un servicio que muchos definieron como un sacrificio del "yo" ante el deber de Estado. Su reinado, que duró más de siete décadas hasta su fallecimiento el 8 de septiembre de 2022, fue el más largo de la historia británica, consolidándola como un símbolo de estabilidad inquebrantable en un mundo en constante cambio. Durante sus 70 años de reinado, Isabel II fue testigo de la descolonización de África y Asia, la Guerra Fría y la creación de la Commonwealth, además de trabajar con 15 primeros ministros, desde Winston Churchill hasta Liz Truss.   Se dice, y no sin razón, que el trono, para ella, fue vivido como un sacerdocio. Isabel II entendió que ser reina no era un trabajo con horario de oficina, sino un compromiso vital, constitucional, que aceptó con una solemnidad casi mística. Su coronación en junio de 1953 fue el primer gran evento global transmitido por televisión, que marcó el inicio de una paradoja que la acompañaría siempre: una reina que todos veían, que siempre estaba, pero a la que nadie conocía realmente. Casada durante más de 73 años con el príncipe de Felipe de Edimburgo, supo equilibrar su papel como jefa de Estado con una vida personal marcada por su devoción al deber, su amor por los caballos y su afición por los perros corgis. Su legado se define por haber modernizado sutilmente la monarquía y haber mantenido la relevancia de la institución ante crisis familiares y transformaciones sociales globales.  En este escenario de soledad institucional, la figura de su esposo, emerge como el cimiento invisible de todo su reinado. Se casaron el 20 de noviembre de 1947 en la Abadía de Westminster, tras la Segunda Guerra Mundial, donde Felipe sirvió en la Marina Real. Para unirse a Isabel, el entonces príncipe de Grecia y Dinamarca tuvo que renunciar a sus títulos extranjeros, naturalizarse británico y adoptar el apellido Mountbatten.

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